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perversos, en el sentido que ser transparente y rendir cuentas es más
riesgoso y menos beneficioso desde el sector sociedad civil que desde
el gobierno si el sistema de incentivos permanece inmutable, si las
circunstancias no las determina el entorno, sino la ubicación de uno
en él. De pronto lo que parece una sorpresa, como lo es la aparente
hipocresía del sector ONG, es más bien razonable y predecible. Hasta
inmutable ante el discurso pro-transparencia y la revelación de su
inconsistencia entre práctica y palabra.
El corolario lógico de esto es de temer: desnudos ante nuestra
dicotomía, pediremos con menor vigor y sin peso moral la
transparencia de otros. El resultado es previsible. No solo
perderemos la posibilidad de dar ejemplo positivo, dando lo
opuesto, sino que aquellos de buena voluntad que impulsaban
comportamientos consistentes y edificantes desde las ONG,
habremos debilitado lo que estimábamos fortalecer con esta
iniciativa de Rendir Cuentas, tal que habrá menos de eso hacia
adentro y, hacia afuera también pues se deteriorará un incentivo
pro-transparencia del funcionario público: la demanda y presión
activa convencida y ejemplarizante de los ciudadanos organizados
alrededor de precisamente esa demanda.
Lo anterior muestra que no nos estamos entonces jugando el fracaso o
triunfo de un proyecto, sino algo más grande: nuestras agendas, nuestra
razón de ser y nuestra autoridad moral. O estoy exagerando o nos lo
estamos jugando casi todo en esto. No me refiero a nuestros puestos
(aunque dioses con pies de barro tienden a ser inestables), me refiero a
la sociedad civil como factor de cambio en estos temas.
Urge entonces, diagnosticar por qué lo que debería haber sido un éxito
si tan solo actuáramos como hablamos, es bastante menos que eso a
“Creo que
ahora
entendemos
mejor al
Estado cuando
lo vemos
arrastrar
los pies en
dirección de la
transparencia”